7 de Enero de 2026
Director Editorial Lic. Rafael Melendez | Director General - Dr. Rubén Pabello Rojas

VISITANTES DEL TERCER PLANETA / Los 3 visitantes no humanos / MARCIANO DOVALINA

 

19a

 

Cada diciembre repetimos la escena con la naturalidad de quien ya no se pregunta nada: un niño, un pesebre, una estrella fija en el cielo y tres visitantes que llegan “de Oriente”. Los llamamos reyes magos, los vestimos de terciopelo, les damos nombres amables y los acomodamos en la tradición como si siempre hubieran estado ahí, pero, ¿y si no?

¿Y si la historia más contada de Occidente es también la más domesticada?

El relato original —el incómodo, el previo a las postales— habla de tres seres que no pertenecían al lugar, que no hablaban como los demás, que leían el cielo con una precisión que hoy llamaríamos científica y que siguieron un objeto luminoso que no se comportaba como una estrella común, llegaron sin ejército, sin bandera y sin intención de conquista, solo observaron, ofrecieron y se marcharon.

No pidieron permiso a Herodes, no pidieron audiencia al poder político, evitaron el centro y buscaron el margen: un establo, un nacimiento fuera del sistema, un acontecimiento silencioso.

A esos visitantes los bautizamos después como: Melchor, Gaspar y Baltasar para volverlos familiares, manejables, inofensivos, les llamamos “reyes” para no aceptar lo que realmente eran: extranjeros del conocimiento, astrónomos de otra tradición, mensajeros de algo que no cabía en la política ni en la teología del momento

Porque hay un detalle que incomoda: la estrella no se quedó fija en el firmamento, se movía, guiaba, se detenía.

Hoy, con radares, satélites y telescopios, sabemos que no todo lo que cruza el cielo es una estrella, pero hace dos mil años, sin lenguaje científico, lo único posible era el mito y el mito, cuando no se entiende, se vuelve cuento infantil.

Tal vez por eso la historia fue suavizada, porque aceptar que la primera visita extraordinaria registrada en nuestra civilización ocurrió en el nacimiento de Jesús nos obligaría a admitir algo más grande: que la humanidad nunca estuvo sola, que el mensaje no vino solo de la Tierra, que el origen de una de las figuras más influyentes de la historia estuvo acompañado por observadores que miraban desde fuera.

Los regalos también dicen más de lo que creemos: Oro: poder, Incienso: espiritualidad, Mirra: mortalidad.

No eran obsequios para un bebé, eran símbolos para una misión.

Los tres visitantes no se quedaron, no evangelizaron, no regresaron para corregirnos, solo constataron algo… y se fueron por otro camino, como dice el texto, como si supieran que la humanidad debía recorrer sola el resto del trayecto.

Quizá por eso, dos mil años después, seguimos mirando el cielo con la misma mezcla de fe y miedo, esperando señales, buscando luces que se mueven, negando la posibilidad de que ya hayamos sido visitados… porque aceptar eso implicaría replantearlo todo: la historia, la religión, el poder y nuestra idea de soledad en el universo.

Tal vez los llamamos Reyes Magos para no decir la palabra que todavía nos cuesta pronunciar.

Visitantes.

Y quizá, solo quizá, el verdadero milagro de aquella noche no fue el nacimiento de un niño, sino que alguien más vino a verlo nacer.